Mientras el mundo debate si la inteligencia artificial nos va a quitar el trabajo o a salvar la humanidad, hay un problema mucho más concreto y urgente: ¿de dónde va a salir la energía para alimentar todo esto? Porque resulta que entrenar modelos de IA y mantener centros de datos masivos consume cantidades obscenas de electricidad, y las soluciones actuales simplemente no escalan.
Ahí es donde entra Last Energy, una startup de Austin que acaba de levantar $100 millones en una ronda Serie C liderada por el Astera Institute, según reportó Tech Startups esta semana. Su propuesta es audaz y controvertida: construir reactores nucleares compactos de 20 megavatios que puedan fabricarse en masa, instalarse rápido y alimentar la creciente demanda energética de la era digital.
No estamos hablando de plantas nucleares tradicionales que tardan décadas en construirse y cuestan miles de millones. Estamos hablando de microreactores modulares diseñados para ser producidos como si fueran autos en una línea de ensamblaje, usando componentes estandarizados y listos para usar que reducen costos y tiempos de implementación.
El problema energético que nadie quiere admitir
Aquí está la realidad incómoda: la transición hacia IA masiva, computación en la nube y centros de datos distribuidos está chocando de frente contra los límites físicos de nuestra infraestructura eléctrica. Según reportes recientes de la industria, la demanda de energía de los centros de datos ha crecido exponencialmente, y las proyecciones muestran que seguirá acelerándose.
Las energías renovables como solar y eólica son geniales, pero tienen un problema fundamental: son intermitentes. No puedes garantizar que el sol brille o el viento sople cuando más lo necesitas. Y los centros de datos no pueden darse el lujo de apagarse porque no hay sol. Necesitan energía constante, confiable y abundante, 24/7.
Las baterías ayudan, pero almacenar la cantidad de energía necesaria para mantener operaciones a escala industrial sigue siendo prohibitivamente caro. Lo que nos deja con pocas opciones realistas: seguir quemando combustibles fósiles (lo cual es insostenible) o explorar fuentes de energía de alta densidad que puedan operar continuamente sin emisiones. Y ahí es donde lo nuclear vuelve a entrar en la conversación.
Microreactores: la apuesta de que pequeño es mejor
La visión de Last Energy no es construir otra planta nuclear gigante al estilo de los años 70. Es desarrollar reactores de 20 megavatios que sean lo suficientemente pequeños para instalarse cerca de donde se necesita la energía, pero lo suficientemente potentes para alimentar operaciones significativas.
¿Qué significa 20 megavatios en términos prácticos? Es suficiente para alimentar un centro de datos mediano, una instalación industrial o incluso un campus universitario completo. No es una solución para ciudades enteras, pero tampoco necesita serlo. La idea es descentralizar la generación de energía nuclear de la misma manera que la computación en la nube descentralizó el procesamiento de datos.
El diseño de Last Energy prioriza la simplicidad y la estandarización. En lugar de construir cada reactor como un proyecto único y complejo, usan componentes prefabricados que pueden ensamblarse rápidamente en el sitio. Esto reduce dramáticamente tanto los costos de construcción como los tiempos de aprobación regulatoria, que históricamente han sido el mayor obstáculo para proyectos nucleares.
¿Por qué los inversionistas están apostando fuerte?
La ronda de $100 millones liderada por Astera Institute fue sobresuscrita, lo que significa que había más dinero queriendo entrar del que Last Energy estaba buscando. Eso no es accidental. Los inversionistas de deep tech entienden algo crucial: la demanda de energía limpia y de alta densidad no es opcional; es una necesidad sistémica.
Microsoft, Amazon y Google ya están comprometiendo miles de millones de dólares en expandir su infraestructura de centros de datos. Según reportes recientes de Tech Startups, Microsoft anunció inversiones de más de $5.4 mil millones en Canadá para nuevos centros de datos enfocados en IA. Esas instalaciones necesitan energía, mucha energía, y las opciones actuales no son suficientes.
El capital está fluyendo hacia cualquier solución que prometa resolver este cuello de botella, y la energía nuclear modular es una de las pocas tecnologías que realmente tiene el potencial de escalar. Además, hay un componente geopolítico: los países que controlen la infraestructura energética para IA tendrán una ventaja estratégica masiva en la economía digital del futuro.
Las críticas y los riesgos reales
Por supuesto, no todo es optimismo. La energía nuclear sigue cargando con décadas de estigma público, desastres históricos como Chernobyl y Fukushima, y preocupaciones legítimas sobre la gestión de residuos radiactivos. Y aunque los microreactores modernos son significativamente más seguros que las plantas antiguas, el miedo cultural persiste.
Además, está el tema regulatorio. Aunque Last Energy afirma que su diseño simplificado facilitará las aprobaciones, la realidad es que cada nuevo reactor tendrá que pasar por procesos de revisión que pueden tardar años. Los reguladores no van a aprobar reactores nucleares con la misma velocidad con la que se aprueba una instalación solar, por muy "modular" que sea el diseño.
Y luego está la pregunta del costo real. Sí, Last Energy promete reducir costos con estandarización y producción en masa, pero hasta que no haya reactores operando a escala, esos números siguen siendo proyecciones. La historia de la industria nuclear está llena de proyectos que prometían ser baratos y terminaron sobrepasando presupuestos de manera catastrófica.
El momento nuclear de la IA
Pero más allá de las críticas específicas, lo que está pasando con Last Energy y empresas similares refleja un cambio fundamental en cómo pensamos sobre energía. Durante años, la narrativa fue "renovables o nada". Ahora, enfrentando las demandas masivas de la IA y la computación en la nube, la conversación se está moviendo hacia un mix energético más pragmático donde lo nuclear vuelve a tener un lugar.
No es que las renovables sean malas; es que necesitamos todas las herramientas disponibles. Solar, eólica, hidroeléctrica y sí, también nuclear. Porque la alternativa es seguir dependiendo de combustibles fósiles o aceptar que simplemente no podremos sostener el crecimiento tecnológico que todos estamos asumiendo como inevitable.
Y aquí está la ironía perfecta: la misma IA que está causando esta crisis energética podría ser la que nos ayude a resolverla. OpenAI, DeepMind y otros laboratorios ya están usando IA para optimizar diseños de reactores, predecir patrones de demanda energética y mejorar la eficiencia de redes eléctricas. Es un loop de retroalimentación donde la tecnología se alimenta a sí misma, literalmente.
¿Viviremos en un mundo de microreactores?
La pregunta real no es si Last Energy tendrá éxito específicamente, sino si el modelo de microreactores nucleares es viable como categoría. Si lo es, podríamos estar al borde de una transformación masiva en cómo generamos y distribuimos energía. Imaginá un futuro donde cada ciudad mediana tiene su propio reactor compacto, donde los centros de datos no dependen de redes eléctricas vulnerables, y donde la energía limpia y constante es la norma, no la excepción.
Pero también podríamos estar viendo otra burbuja de hype de tecnología profunda que promete demasiado y entrega muy poco. No sería la primera vez que la industria nuclear genera expectativas enormes que luego se estrellan contra la realidad de costos, regulaciones y resistencia pública.
Por ahora, lo que sabemos es esto: Last Energy tiene $100 millones para intentarlo, inversionistas sofisticados que creen en la visión, y un mercado desesperado por soluciones. Si pueden entregar reactores funcionales, seguros y económicamente viables en los próximos años, cambiarán el juego. Si no, serán otro caso de estudio en por qué la energía nuclear es tan difícil de escalar, sin importar cuán buena se vea la idea en el papel.
Mientras tanto, cada modelo de IA que se entrena, cada centro de datos que se construye y cada servicio en la nube que se lanza nos acerca un paso más a tener que responder esta pregunta de forma definitiva: ¿De dónde va a salir la energía? Y parece que al menos algunos están apostando a que la respuesta incluye átomos, no solo electrones.

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