El filósofo francés Éric Sadin lleva más de una década advirtiendo sobre la tecnología cuando nadie quería escucharlo. Su nuevo libro, El desierto de nosotros mismos (Caja Negra, 2026), no habla de robots que conquistan el mundo: habla de personas que, por pereza, entregan a la IA las únicas facultades que nos definen como civilización.
Qué está pasando
Sadin distingue dos etapas en la historia de la inteligencia artificial. La primera, hasta 2022, era un sistema de diagnóstico y recomendación: Waze diciéndote qué camino tomar, un algoritmo sugiriéndote qué comprar. La segunda etapa, inaugurada con la llegada masiva de ChatGPT en noviembre de ese año, es lo que el filósofo llama el giro intelectual y creativo de la IA: ya no solo recomienda, sino que produce texto, imágenes, argumentos, decisiones. Hace exactamente lo que antes requería pensamiento propio.
El peligro, dice Sadin, no es que una superinteligencia nos domine. Es que, de forma gradual y cómoda, dejemos de ejercer nuestras facultades intelectuales y creativas porque hay un sistema dispuesto a hacerlo en nuestro lugar. La amenaza no viene de afuera. Viene de nuestra propia disposición a no esforzarnos.
Lejos de estar amenazados por una inteligencia suprema, estamos sometidos por nuestra propia pereza, que terminará entregando a la IA nuestras armas intelectuales y creativas. — Éric Sadin
Por qué importa
El argumento más incómodo de Sadin no es sobre el empleo ni sobre la privacidad. Es sobre el lenguaje. Para este pensador, hablar no es transferir información: es un acto creativo, singular e imprevisible. Una persona que habla no sabe exactamente qué va a decir en la siguiente oración, porque el lenguaje humano no funciona por correlaciones probabilísticas. La IA, en cambio, produce lo que estadísticamente viene después: un lenguaje que Sadin califica de necrosado, que "huele a muerte" porque está fundado en esquemas lógicos del pasado, no en la libertad del presente.
Cuando delegamos la escritura, el análisis o la argumentación a un modelo de lenguaje, no solo estamos ahorrando tiempo. Estamos renunciando al ejercicio que mantiene vivas esas capacidades. Y a diferencia de lo que ocurrió con la automatización industrial — que desplazó trabajo físico pero abrió el sector terciario —, Sadin advierte que esta vez no habrá un sector cuaternario que absorba lo que la IA está desplazando, porque lo que se está desplazando es precisamente el pensamiento.
Qué cambia
Sadin no confía en la regulación: el poder de lobby de las empresas tecnológicas es demasiado alto. Lo que propone es más difícil y más lento: una movilización cultural que recupere el valor del esfuerzo intelectual, que defienda el lenguaje en primera persona, que no acepte la comodidad como argumento suficiente para ceder lo que nos constituye.
La recepción de su trabajo en América Latina, donde sus libros circulan ampliamente, sugiere que la pregunta que plantea resuena más acá que en Silicon Valley. Quizás porque en esta región el hype tecnológico nunca fue tan total, y la distancia crítica llegó antes.
