Hay 597 cables submarinos en operación o en construcción en el mundo a abril de 2025. Son cables de fibra óptica, tendidos en el fondo del océano, que transportan alrededor del 99% de todo el tráfico internacional de internet. No son los satélites, ni el wifi, ni ninguna otra tecnología inalámbrica: cables físicos, de pocos centímetros de diámetro, que descansan sobre lechos marinos a miles de metros de profundidad en algunos tramos. Toda la economía digital global depende de infraestructura que es simultáneamente irremplazable, difícil de reparar y cada vez más difícil de defender.
Qué es realmente esta infraestructura
Un cable submarino de fibra óptica es un conjunto de fibras de vidrio ultra puro rodeadas por capas de protección — polietileno, acero, aluminio— que transmiten datos mediante pulsos de luz a velocidades cercanas a las del límite físico posible. Un solo cable moderno puede transportar más de 200 terabits por segundo, equivalente a transmitir simultáneamente millones de conversaciones en alta definición. La infraestructura completa, con menos de 600 cables, sostiene la totalidad del comercio electrónico global, las comunicaciones financieras internacionales, las videollamadas y los servicios cloud que las empresas y gobiernos del mundo usan todos los días.
La concentración geográfica de esa infraestructura en ciertos puntos de estrangulamiento es lo que la hace vulnerable. El Mar Rojo, por donde pasa aproximadamente el 17% del tráfico global de internet según análisis de TechInsights, es uno de esos puntos. En el primer trimestre de 2024, tres cables fueron dañados en esa zona, provocando incrementos de latencia visibles en servicios cloud para Asia, África y Europa. El Mar Mediterráneo oriental, el estrecho de Malaca, el canal de la Mancha, el Atlántico norte: cada uno es un cuello de botella donde el daño de uno o dos cables produce efectos de escala continental.
Dónde está hoy: más incidentes, más tensión
En 2024, el Submarine Telecoms Forum registró 46 incidentes de daño a cables submarinos — el número más alto desde que comenzó a publicar esa estadística en 2013, y un incremento dramático respecto a los 15 incidentes de 2023. La mayoría de las interrupciones siguen siendo accidentales: anclas de barcos, actividad pesquera, deslizamientos de tierra submarinos, equipos que envejecen. Pero la proporción de incidentes con origen dudoso o posiblemente intencional está aumentando en paralelo con las tensiones geopolíticas globales.
En octubre y noviembre de 2024, dos cables importantes en el Mar Báltico fueron cortados en circunstancias que desencadenaron investigaciones en Finlandia, Suecia, Alemania y Lituania, en el contexto de la guerra en Ucrania y las preocupaciones sobre guerra híbrida rusa. El buque ruso Yantar — un barco de investigación de aguas profundas equipado con submarinos capaces de intervenir cables— ha sido observado repetidamente merodeando rutas de cables críticas, generando alarma entre los gobiernos de la OTAN. China, bajo su Ley de Inteligencia Nacional de 2017, puede requerir que sus empresas cooperen con operaciones de inteligencia, lo que genera preocupación sobre la presencia de empresas chinas en la construcción y mantenimiento de cables estratégicos.
El Consejo del Atlántico identifica tres tendencias convergentes que elevan el riesgo: los gobiernos autoritarios están reconfigurando el diseño físico de internet tendiendo cables propios para controlar rutas de datos; las empresas que gestionan cables están centralizando el control en centros de operación remotos, lo que introduce nuevos puntos de falla cibernética; y el crecimiento de la computación cloud ha multiplicado el volumen y la sensibilidad de los datos que cruzan esos cables.
Qué cambia y cuándo: el dilema de la resiliencia
La solución técnica al problema de vulnerabilidad de cables submarinos es conocida: más cables, más rutas alternativas, más capacidad de reparación rápida. El problema es económico y político. Tender un nuevo cable transoceánico cuesta entre 100 y 500 millones de dólares dependiendo de la distancia y la profundidad. Los cables son propiedad de consorcios privados — dominados por Google, Meta, Microsoft y Amazon, que en los últimos años han acelerado la construcción de cables propios— y de operadores de telecomunicaciones. La coordinación para asegurar redundancia suficiente en puntos estratégicos requiere cooperación entre actores privados, gobiernos y organismos internacionales que raramente operan a la misma velocidad.
Los satélites de órbita baja como los de Starlink de SpaceX ofrecen una alternativa parcial, pero con limitaciones importantes: menor capacidad de transmisión, mayor latencia para aplicaciones sensibles como las financieras, y una concentración de control en una sola empresa que plantea sus propios problemas de dependencia. Para 2030, la combinación de más cables, mejor monitoreo y mayor capacidad satelital reducirá la vulnerabilidad en las rutas más críticas. Pero la brecha entre lo que la dependencia digital global requiere y lo que la infraestructura existente puede garantizar seguirá siendo real.
Por qué importa en México y LATAM: los cables que conectan la región
América Latina se conecta al resto del mundo a través de un número relativamente pequeño de cables submarinos que convergen en puntos de aterrizaje concentrados: Miami para el Caribe y Centroamérica, Fortaleza para Brasil, Valparaíso para Chile. Esa concentración significa que la región tiene menos redundancia que Europa o Asia del Este ante interrupciones. Un incidente en el Atlántico o el Caribe puede degradar significativamente la conectividad internacional de múltiples países simultáneamente.
Los cables más importantes para México son los que conectan la costa del Pacífico hacia Asia y los que conectan la costa del Golfo y Caribe hacia Estados Unidos y Europa. México tiene una dependencia energética bien documentada del gas natural estadounidense. Su dependencia digital de infraestructura bajo jurisdicción extranjera es igual de profunda y mucho menos discutida. La soberanía digital latinoamericana no se construye solo con leyes de datos y nubes locales: se construye también con infraestructura física de conexión que diversifique las rutas y los puntos de control. Esa dimensión de la política digital de la región está prácticamente ausente del debate público en casi todos sus países.
Internet no vive en el aire. Vive en el fondo del mar. Y nadie está a cargo de protegerlo suficientemente bien.

