Hay algo paradójico en que la generación más nativa del mundo digital sea, al mismo tiempo, la que más está impulsando el regreso de los vinilos, los CDs, los libros impresos y las experiencias en persona. Pero los datos lo confirman: según un análisis de Fortune publicado el 24 de febrero de 2026, la Generación Z se ha convertido en el motor principal de lo que algunos analistas ya llaman la economía analógica.
Las ventas de vinilos en Estados Unidos crecieron de 14.2 millones de dólares en 2006 a más de 1,400 millones en 2022. En el Reino Unido, las ventas de LPs alcanzaron 6.7 millones de unidades en 2023, el año 17 consecutivo de crecimiento, impulsado principalmente por compradores de entre 16 y 24 años. La industria de los libros impresos también registra ventas récord en el siglo XXI en ambos países, con lectores jóvenes como grupo prominente, en parte por comunidades como #BookTok en TikTok.
No es nostalgia: es identidad
Lo que distingue el comportamiento de Gen Z respecto a generaciones anteriores es la motivación. Para un Gen X que compra un vinilo, puede ser nostalgia de algo que vivió. Para alguien de 19 años, es una declaración activa de identidad en un mundo donde casi todo es intangible y reproducible al instante.
Sandy, uno de los jóvenes entrevistados en el reportaje de Fortune, lo explica con claridad: descubrió los toca-discos a través de un video en TikTok, compró uno para decorar su cuarto y ahora tiene cinco vinilos que describe como objetos preciados. Lo que le atrae no es la música en sí —esa ya la tenía en Spotify— sino la fisicalidad del objeto, la portada, el ritual de poner el disco. Es una forma de diferenciarse y de conectar con algo que se siente más real que una lista de reproducción.
Un estudio de Nielsen encontró que el 80% de los jóvenes lectores de entre 14 y 25 años prefieren leer un libro físico a una versión electrónica. Y un informe de la American Library Association reveló que los Gen Z y millennials son el grupo más numeroso de usuarios de biblioteca en Estados Unidos, con el 54% de personas de entre 13 y 40 años habiendo visitado una en el último año.
El costo que no se menciona en los titulares
Hay una consecuencia concreta de este giro que el artículo de Fortune nombra sin rodeos: los padres están pagando dos veces. Lucy, madre de uno de los jóvenes entrevistados, lo describe así: primero invirtió en el ecosistema digital —suscripciones de streaming, plataformas de juego, almacenamiento en la nube— y luego tuvo que comprar el hardware análogo: un tocadiscos, un reproductor de CD, bocinas. El mundo digital no fue reemplazado; fue superpuesto al analógico, con el costo de ambos.
Esa doble economía también refleja algo más: que la desconexión digital que busca Gen Z no es total. Fatima, otra joven mencionada en el reportaje, prefiere estudiar en la biblioteca y leer revistas impresas antes de dormir, pero sigue usando su teléfono y redes sociales. Lo que está cambiando no es el abandono de lo digital, sino la construcción de espacios físicos deliberados dentro de una vida que de otra manera sería completamente virtual.
Un rechazo al caos constante
Una encuesta de Survation a 2,000 adolescentes del Reino Unido encontró que más de un tercio cree que las redes sociales deberían estar prohibidas para menores de 16 años, y una cuarta parte considera que los teléfonos inteligentes deberían restringirse para ese grupo de edad. No son datos de adultos preocupados por los jóvenes: son los propios jóvenes expresando agotamiento frente a la sobreestimulación.
La economía analógica que Gen Z está impulsando no es una moda pasajera ni una pose estética. Es una respuesta concreta a años de saturación digital: un intento de recuperar objetos que duran, experiencias que no se pueden pausar ni acelerar y formas de identidad que no dependen de un algoritmo para existir.
