Durante la década pasada se repitió una idea optimista: la Generación Z sería la generación más creativa de internet. La que produciría videos, memes, podcasts y proyectos personales a una velocidad imposible de seguir. En parte ocurrió. Pero en 2026 la fotografía es distinta. El comportamiento dominante ya no es crear, sino consumir.
El día digital promedio se resume en una acción mecánica: deslizar. Video tras video. Clip tras clip. Historias que se reemplazan en segundos. El tiempo de pantalla sube, pero la producción baja. Muchos usuarios pasan horas conectados sin publicar nada.
El algoritmo decide por ti
Las plataformas descubrieron algo simple: es más rentable que mires contenido a que lo produzcas. Crear requiere esfuerzo. Consumir es automático. Si el objetivo del negocio es maximizar minutos, la fórmula es obvia.
Por eso el feed ya no depende de tus amigos. Depende del sistema de recomendación. El algoritmo te conoce mejor que tú mismo. Elige lo que verás. Reduce la fricción de decidir. Tú solo aceptas la siguiente sugerencia.
El problema es que esa comodidad tiene un costo invisible: te acostumbras a no proponer nada propio.
La identidad digital cambia
Antes la identidad en línea se construía con lo que compartías. Fotos, textos, opiniones. Hoy se construye con patrones de consumo. La plataforma define quién eres según lo que miras, no según lo que dices.
Eso vuelve la experiencia más pasiva. Menos expresión, más observación. Menos riesgo creativo, más repetición de tendencias.
La cultura se vuelve homogénea porque todos reciben recomendaciones similares. Se pierde la sensación de descubrir algo genuinamente nuevo.
La verdad incómoda
Las redes sociales no están diseñadas para que seas creativo. Están diseñadas para que te quedes. Y quedarte no implica participar. Implica no irte.
El modelo de negocio premia la atención cautiva. Si pasas tres horas viendo videos cortos, el sistema funciona perfecto, aunque no hayas creado nada.
La consecuencia es una generación hiperconectada, pero con menos espacios para la expresión profunda. Más consumo rápido, menos construcción lenta.
Quizá el reto para 2026 no sea aprender nuevas herramientas, sino recuperar la voluntad de producir algo propio en medio del ruido infinito.

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