Durante más de una década, los millennials fueron el grupo demográfico más codiciado del mundo. No porque fueran especiales — sino porque eran rentables. Hoy, ese foco se desplazó hacia la Generación Z, y lo que queda atrás no es una generación olvidada: es una generación sosteniendo, en silencio, gran parte del sistema económico y emocional a su alrededor.
El hype generacional siempre fue un negocio
El patrón no es nuevo ni accidental. Las marcas no siguen generaciones por afinidad cultural — siguen el dinero. Firmas como Deloitte, McKinsey y Nielsen han documentado consistentemente que el foco de las empresas sigue al grupo con mayor capacidad de gasto visible y aspiracional, no al que más lo necesita ni al que más lo merece. Cuando los millennials —nacidos entre 1981 y 1996, según la definición del Pew Research Center— entraron a su pico de consumo en la década de 2010, recibieron una narrativa construida a propósito: que eran únicos, que redefinían el trabajo y el amor, que el mundo giraba alrededor de su experiencia.
No fue coincidencia. Fue diseño de marketing. La narrativa generacional es, en la mayoría de los casos, una herramienta de segmentación de mercado disfrazada de análisis cultural. Antes de los millennials, la misma lógica aplicó con los baby boomers y con la Generación X. Y ahora le toca a la Generación Z ocupar ese lugar.
Los millennials no eran el centro del mundo. Eran el centro del negocio. Y ahora que el negocio ya no los necesita visibles, siguen ahí — funcionando.
La brecha entre el relato y la realidad financiera
El problema de construir una identidad generacional sobre una narrativa de mercado es que, cuando el mercado voltea a ver a otro lado, la brecha entre lo prometido y lo real se vuelve imposible de ignorar. Para los millennials, esa brecha tiene nombre y apellido financiero. Según datos del primer trimestre de 2025 de la Reserva Federal de Estados Unidos, los baby boomers —con una proporción similar de la población— concentran el 51.4% de la riqueza total del país, mientras que los millennials apenas controlan el 10.3%. Dos generaciones de tamaño comparable. Una brecha de proporciones históricas.
El matiz importante, documentado en 2024 por un estudio publicado en el American Journal of Sociology, es que la foto de los millennials no es uniforme: el promedio millennial tiene 30% menos riqueza a los 35 años que los baby boomers a la misma edad, pero el 10% más rico de los millennials supera a sus pares boomers en un 20%. Es decir, la generación no está "atrasada" en bloque — está más polarizada que cualquier otra generación anterior. Hay millennials que heredaron o invirtieron a tiempo, y hay una mayoría que no. Y la narrativa del hype nunca hizo esa distinción.
Los economistas y medios especializados le han dado nombre a esta paradoja: phantom wealth — o riqueza fantasma. Son los millennials que tienen patrimonio en papel (plusvalía de una casa, fondo de retiro) pero que no sienten ese dinero porque no está disponible. Según datos de la Reserva Federal citados por NBC News y CNBC, la riqueza colectiva de los millennials en EE.UU. llegó a casi 16 billones de dólares en 2024 — cuatro veces más que cinco años antes — pero gran parte de ella está inmovilizada en casas y cuentas de retiro que no se pueden tocar sin costos o penalizaciones. Son propietarios en teoría, pero viven con la presión financiera de quien no llega al fin de mes.
El agotamiento que los datos confirman
La Encuesta Global 2025 de Deloitte — que recoge las respuestas de más de 23,000 personas en 44 países — ofrece la radiografía más reciente del estado emocional de esta generación. Los números son contundentes: el 46% de los millennials encuestados a nivel global dice no sentirse financieramente seguro en 2025, frente al 32% que respondió lo mismo en 2024. En un solo año, la inseguridad financiera creció 14 puntos porcentuales. Más de la mitad vive de quincena en quincena, y más de un tercio tiene dificultades para cubrir sus gastos básicos mensuales.
Ese estrés financiero se traduce directamente en salud mental. El 34% de los millennials reporta sentirse estresado o ansioso todo el tiempo o casi todo el tiempo, según la misma encuesta de Deloitte. Solo el 58% califica su bienestar mental como bueno o muy bueno — es decir, 4 de cada 10 millennials en el mundo están cargando un malestar emocional que no es menor ni pasajero. Los principales detonadores en el trabajo: jornadas largas, falta de reconocimiento y culturas laborales tóxicas.
La generación sándwich: atrapada entre dos dependencias
A la presión económica se le suma una carga que pocas veces aparece en los análisis de mercado: el cuidado simultáneo de hijos pequeños y padres mayores. Los millennials son ahora la generación sándwich por excelencia — el término describe a quienes están atrapados entre dos generaciones que requieren atención, tiempo y dinero al mismo tiempo.
Según datos del Pew Research Center, cerca de 1 de cada 4 adultos estadounidenses se encuentra en esta situación, y los millennials en sus 40s están ingresando a esta etapa en masa, con un agravante que sus predecesores no tuvieron: muchos tuvieron hijos más tarde (la edad promedio de maternidad en EE.UU. llegó a 27.4 años en 2022, un récord histórico según los Centros para el Control de Enfermedades), lo que significa que están criando hijos pequeños exactamente cuando sus padres comienzan a necesitar cuidados. Un reporte de 2025 de la Universidad de Phoenix encontró que el 59% de las madres millennials en esta situación siente que el cuidado de otros ha frenado su carrera profesional, y el 40% dice sentirse ignorada en el trabajo por sus responsabilidades como cuidadora.
La carga financiera de esta posición es documentada: un análisis de la National Alliance for Caregiving calcula que los cuidadores tipo sándwich gastan en promedio cerca de 7,000 dólares al año de su propio bolsillo en gastos de cuidado, además de absorber los costos de crianza. Y son también los que más trabajan: el 69% de quienes cuidan tanto a un hijo menor como a un padre mayor también trabaja a tiempo completo, frente al 54% de los cuidadores que solo tienen un dependiente.
El marketing construyó una generación de protagonistas. La vida les asignó el papel de soporte.
México: las mismas presiones, menos red de seguridad
En el contexto mexicano, la lógica es similar pero sin los amortiguadores que existen en otros países. Los millennials mexicanos crecieron en el optimismo globalizador de los años noventa y llegaron al mercado laboral en plena era de la precarización. Muchos accedieron a educación superior — a menudo con deuda o con un sacrificio familiar significativo — pero no necesariamente a empleos estables ni bien remunerados en sus áreas de formación.
Las condiciones estructurales que enfrentan son conocidas pero no por eso menos pesadas: alta informalidad laboral, salarios que no han crecido al ritmo del costo de vida, y un mercado de vivienda en ciudades clave como la Ciudad de México o Monterrey que se ha vuelto prácticamente inaccesible para quien no cuente con apoyo familiar o un ingreso excepcionalmente alto. La combinación de aspiraciones altas y estructuras que no pueden sostenerlas genera una tensión crónica que no aparece en las encuestas de satisfacción del consumidor, pero sí en las de salud mental.
¿Cómo están realmente los millennials hoy?
No hay una respuesta única, pero sí un patrón claro que los datos de múltiples fuentes confirman. Están financieramente más presionados que cualquier generación reciente a su misma edad, emocionalmente agotados por una carga de responsabilidades que se apila por todos lados, y atrapados en una brecha entre lo que se les prometió —una vida de propósito, flexibilidad y recompensa por el esfuerzo— y lo que encontraron.
También son, paradójicamente, la generación que más ha normalizado hablar de salud mental. Que más ha buscado terapia. Que más ha cuestionado el modelo laboral heredado. La misma encuesta de Deloitte de 2025 encuentra que el 91% de los millennials considera que su trabajo debe tener un propósito para sentirse bien, y casi la mitad ha dejado un empleo que no se alineaba con sus valores. No es arrogancia — es una generación que aprendió, a golpes, a filtrar el ruido.
La verdad incómoda detrás de todo el ciclo generacional es esta: el interés en una generación siempre fue proporcional a su poder adquisitivo, no a su importancia social. Los millennials lo descubrieron cuando el reflector se movió. La Generación Z lo descubrirá también, en su momento. Y así seguirá el ciclo — hasta que alguien decida que una generación vale más que su cuota de ventas.

