Las redes sociales son máquinas de vigilancia entre pares

Vigilancia entre pares: mujer observada desde ventanas y puertas en callejón residencial.


Las redes sociales no tienen un guardia central que te observe. Tienen algo peor: te observan todos los demás usuarios, y tú a ellos. La vigilancia lateral, ese monitoreo horizontal entre pares, no es un fallo del sistema. Es el producto.

El panóptico se descentralizó

Jeremy Bentham diseñó en el siglo XVIII una prisión circular donde un solo vigilante en la torre central podía observar a todos los internos sin ser visto. Michel Foucault convirtió ese modelo en la metáfora definitiva del poder moderno: no hace falta vigilar siempre, basta con que los vigilados crean que podrían estar siendo observados. La conducta se regula sola. El poder se internaliza.

Las redes sociales tomaron ese modelo y lo rompieron en millones de piezas. Ya no hay una torre central: hay millones de torres, una por cada cuenta activa. El vigilante de Bentham fue despedido. En su lugar trabajan, sin paga y sin saberlo, todos los usuarios de la plataforma.

El sistema virtual, como señala la investigadora Tania Avalos-Zetina en un análisis publicado por la Universidad Michoacana, es un espacio donde somos vigilantes y vigilados simultáneamente desde cualquier dispositivo. La novedad no es que alguien te mire: es que todos se miran entre sí, todo el tiempo, y las plataformas diseñaron exactamente eso.

La vigilancia lateral: el control que nadie ve

El concepto de vigilancia lateral — o lateral surveillance — fue definido por el investigador Mark Andrejevic en 2005. Alice Marwick refinó el concepto años después con el término social surveillance, aplicado específicamente a redes sociales. Todos tenemos la capacidad de monitorear la actividad de nuestros pares, y todos esperamos ser monitoreados a cambio. No es vigilancia vertical — Estado o empresa mirando hacia abajo — sino vigilancia horizontal: tu ex revisando tus stories, tu jefe leyendo tus viejos tuits, tus colegas rastreando tu actividad de LinkedIn.

Este mecanismo no surge de forma espontánea. Las plataformas lo construyeron deliberadamente en su arquitectura. Perfiles públicos por defecto. Historiales rastreables y ordenadas cronológicamente. Notificaciones que te informan quién vio tu perfil. Métricas de vistas visibles para quien publica. El diseño de la interfaz no facilita la vigilancia entre pares por descuido — la facilita porque produce los datos de comportamiento que las plataformas necesitan para operar su modelo de negocio.

El panóptico clásico tenía un guardia en la torre. Las redes sociales lo despidieron y subcontrataron el trabajo a sus propios presos — sin pagarles.

El doxxing: vigilancia lateral sin filtros

Vigilancia entre pares: smartphone iluminado en patio rodeado de ventanas observando.

Si la vigilancia lateral es el mecanismo cotidiano, el doxxing — la publicación deliberada de información personal de alguien sin su consentimiento, con el propósito de exponerlo o dañarlo — es ese mismo mecanismo llevado al extremo. Y en los últimos años ha dejado de ser un fenómeno marginal.

El 18 de marzo de 2025, un grupo de hackers lanzó "Dogequest", un sitio web con un mapa interactivo que publicaba nombres, domicilios y números de teléfono de propietarios de vehículos Tesla en Estados Unidos. El cursor de la página era la imagen de un cóctel molotov. Según reportó NBC News, seis propietarios confirmaron que al menos parte de su información era precisa. El sitio apareció en medio de una escalada de ataques contra instalaciones de Tesla: un ataque en Las Vegas dañó cinco vehículos con disparos y cócteles molotov, con la palabra "RESIST" pintada en la puerta del centro de servicio. El mapa no generó los ataques, pero los datos personales publicados convirtieron a personas privadas en objetivos con dirección visible.

El caso de la organización Canary Mission ilustra otra dimensión del mismo fenómeno. Desde 2023, este grupo ha publicado perfiles detallados de estudiantes universitarios en Estados Unidos que participaron en protestas pro-Palestina: fotos, carrera, año de graduación, vínculos a sus redes sociales y datos de empleadores actuales o potenciales, con la declaración explícita de que los perfilados son "los radicales de hoy" y que no deben ser "los empleados de mañana". Según reportó Reuters, diez de los estudiantes entrevistados temían que aparecer en el sitio pudiera arruinar su carrera. Una estudiante de la Universidad de Pensilvania declaró que su primera reacción al descubrir su perfil fue "shock absoluto".

La autocensura como resultado medible

No hace falta ser víctima de doxxing para que la vigilancia entre pares cambie tu comportamiento. Basta con saber que es posible.

Büchi, Festic y Latzer publicaron en 2022, en la revista académica Big Data & Society, un modelo teórico sobre los efectos inhibidores de la vigilancia digital. Su conclusión central: la sensación de estar sujeto a vigilancia de datos puede llevar a las personas a restringir su comportamiento comunicativo en línea — una forma de autocensura en el uso cotidiano de medios digitales, con riesgos asociados de menoscabo de la autonomía individual. En estudios previos del mismo equipo, más de la mitad de los usuarios de internet reportó que esa sensación de vigilancia los había disuadido de expresarse o de buscar información, en distintos grados.

El dato es estructuralmente importante: el mecanismo no requiere vigilancia activa. Requiere solo la posibilidad de ser observado. Foucault lo formuló para la prisión; las redes lo replican para cualquier usuario con perfil público. La autocensura no la produce el Estado: la produce saber que tu jefe puede buscar tu nombre, que tu historial de publicaciones está indexado, que una captura de pantalla puede circular sin tu permiso.

Freedom House documentó en su reporte Freedom on the Net 2024 que en al menos 56 de los 72 países analizados — que representan el 87% de los usuarios globales de internet — se arrestó a personas por su expresión política, social o religiosa en línea. Pero el chilling effect — el efecto inhibidor — ocurre incluso donde no hay riesgo legal: el mecanismo es social, no jurídico, y opera con igual eficacia en democracias consolidadas.

Quién se beneficia de que te vigiles solo

El modelo se cierra de forma elegante para las plataformas. La vigilancia entre pares genera datos de comportamiento de altísima calidad: qué opiniones son socialmente aceptables, qué posturas producen ostracismo, cómo se disciplina el grupo a sí mismo. Esos patrones son exactamente lo que los algoritmos de recomendación necesitan para predecir conductas y segmentar audiencias.

Las plataformas no pagan por esa vigilancia. Los usuarios la proveen gratuitamente, de forma voluntaria, y con más granularidad que cualquier sistema de monitoreo centralizado. El Estado puede comprar ese mapa de comportamiento social. Los anunciantes ya lo usan. Y los usuarios que producen ese mapa raramente son conscientes de que están trabajando.

La conclusión es incómoda pero verificable: no eres el vigilado. Eres el guardia que trabaja gratis. Y las plataformas construyeron el sistema exactamente así.

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