En febrero, decenas de medios mexicanos cubrieron a los therians como si fuera una crisis. El fenómeno es real, tiene años de historia y no es ninguna emergencia. Pero el modo en que el algoritmo lo convirtió en pánico moral sí merece análisis.
Qué es un therian, sin el dramatismo
El término proviene del griego therion (bestia) y anthropos (humano). La comunidad therian existe en internet desde los años noventa, principalmente en foros como Alt.Horror.Werewolves en Usenet. Define a personas que se identifican psicológica, emocional o espiritualmente con una especie animal —su theriotipo— sin implicar una creencia en transformación física real. La mayoría de los therians reconoce plenamente su biología humana. Lo que afirman es una experiencia interna de identidad, no una confusión clínica.
Investigaciones de las universidades de Northampton y de Canadá, citadas por medios como CNN en Español, concluyen que en la mayoría de los casos se trata de un rasgo identitario inofensivo, y distinguen el fenómeno de la licantropía clínica —un trastorno psicótico real pero poco frecuente donde el paciente cree que su cuerpo se transforma físicamente. La psicóloga Claudia Rossy explicó a EFE que muchos adolescentes llegan a la comunidad a través de TikTok, sienten que les aporta sentido de identidad y adoptan progresivamente ciertas prácticas expresivas.
Cómo el algoritmo convirtió una subcultura en escándalo
Los therians no eran noticia en México hasta que TikTok e Instagram los hicieron virales a finales de 2024 y principios de 2025, con un boom masivo en LATAM en 2026. Los videos de jóvenes practicando quadrobics —movimiento en cuatro extremidades como expresión therian— acumularon millones de vistas. A partir de ahí, la mecánica fue predecible: primero los videos de los propios therians, luego los memes, luego las coberturas de medios preguntando "¿qué está pasando con la juventud?", luego el pánico de padres, luego las declaraciones de psicólogos en televisión, luego la propuesta legislativa.
En Nuevo León, un joven de 28 años que se identifica como caballo presentó ante el Congreso local la llamada "Ley Therian", una iniciativa ciudadana que busca protocolos contra el acoso escolar hacia personas con identidades no normativas y sanciones por discriminación. La propuesta polarizó: algunos la leyeron como una medida razonable contra el bullying, otros la ridiculizaron. En CU, la convocatoria a un encuentro therian congregó a decenas de periodistas y a dos personas que se identificaban como tal.
El algoritmo no descubrió a los therians. Los fabricó como amenaza para que el pánico adulto generara el tráfico que los propios therians nunca habrían producido solos.
Qué dice esto de cómo consumimos cultura digital
El ciclo es conocido pero vale la pena nombrarlo: una subcultura de nicho existe tranquilamente en internet durante años. El algoritmo detecta que ciertos videos generan reacción —curiosidad, escándalo, burla— y los amplifica. Los medios cubren lo que ya es viral. El volumen de cobertura crea la percepción de un fenómeno emergente. Los adultos preocupados generan más contenido reaccionando al fenómeno. El fenómeno crece precisamente porque fue declarado problema.
Investigadores del área de psicología digital llaman a esto amplificación algorítmica del pánico moral: el sistema de recomendación no tiene interés en la verdad sobre los therians; tiene interés en el tiempo de pantalla que genera el debate sobre ellos. El resultado es que millones de personas tienen hoy una opinión formada sobre una comunidad de la que solo vieron los videos más extremos o más graciosos, seleccionados exactamente para maximizar la reacción.
La realidad documentada es menos cinematográfica: la comunidad therian en México es pequeña, sus encuentros presenciales convocan pocas decenas de personas, y la mayoría de sus integrantes son adultos jóvenes que llevan años navegando en una identidad que les da sentido de pertenencia. Lo que no es pequeño es la infraestructura de atención que el algoritmo construyó alrededor de ellos, y la cantidad de medios que participaron en esa construcción sin preguntarse si estaban cubriendo un fenómeno o fabricándolo.
