Yucatán y la IA: la nube que cuelga de un solo gasoducto

Subestación eléctrica y torres de transmisión en el paisaje calizo de Yucatán, donde el límite de infraestructura es eléctrico y no hídrico.


Un data center en Mérida no compite por más energía: compite por un tubo fijo. La península de Yucatán es un subsistema eléctrico casi aislado, y ese dato cambia por completo la conversación sobre su futuro digital.

La península que parece conectada y no lo está

Campeche, Yucatán y Quintana Roo forman lo que el Centro Nacional de Control de Energía (CENACE) llama el Centro de Control Regional Peninsular, o GCR PEN. Según el informe técnico del Laboratorio Nacional de Energía Renovable de Estados Unidos (NREL), elaborado con datos de CENACE, esta región arrastra problemas de suministro eléctrico desde 2010, derivados de limitaciones operativas y de un bajo suministro de gas hacia la zona.

El error común es pensar que resolver esto es cuestión de construir más plantas. El NREL documenta algo distinto: la Península tiene un único punto de conexión con el resto del Sistema Interconectado Nacional, a través de un solo corredor de transmisión hacia el Centro Regional de Control de Oriente (GCR ORI). No es un problema de cuánta electricidad existe en México. Es un problema de por dónde puede entrar a Yucatán.

Un solo tubo: Mayakan y la dependencia estructural del gas

Casi toda la generación eléctrica peninsular depende del gas natural transportado por Energía Mayakan, filial de la francesa Engie, a través de un ducto de tipo telescópico de 796 kilómetros que arranca en Tabasco y llega hasta Valladolid, Yucatán. Su capacidad actual es de 250 millones de pies cúbicos diarios (MMcf/d), según el propio informe de NREL. El 97% de esa capacidad ya está contratada por la CFE para alimentar a los generadores de la región.

CFE y Engie firmaron en 2024 el acuerdo para ampliar Mayakan y duplicar su capacidad de 250 a 567 MMcf/d, mediante un ducto gemelo de 700 kilómetros y una inversión de 2,000 millones de dólares en sociedad con el fondo australiano Macquarie Asset Management. La obra arrancó en junio de ese año. Originalmente se esperaba que entrara en operación a finales de 2026; en abril de 2025, una directiva de Engie confirmó a Bloomberg que la conclusión total se movió al primer semestre de 2027.

El gas que llega, llega dañado

El problema de Yucatán no es solo cuánto gas circula por Mayakan, sino de qué calidad. El gas que PEMEX inyecta al ducto arrastra un contenido de nitrógeno relativamente alto, resultado de su inyección en campos petroleros envejecidos para aumentar la producción de crudo. Según la Oficina de Energía del Estado de Yucatán, citada en el informe de NREL, ese contenido llegó a rondar el 21% en 2019, y aunque bajó a niveles de entre 12% y 16% después, obligó a varios generadores a reconvertir sus unidades para poder quemar diésel y combustóleo cuando el gas escaseaba o no cumplía especificación.

Esto importa porque un generador diseñado exclusivamente para gas natural queda expuesto a la indisponibilidad de combustible cuando esa calidad no se sostiene. No es un tema menor de mantenimiento: es la razón estructural por la que la región termina recurriendo a combustibles más caros y más contaminantes justo cuando más necesita generación estable.

En Yucatán, el límite de la IA no es cuánta energía se genera, sino que toda la península cuelga de un solo gasoducto y de una transmisión que ya opera saturada.

Importar energía del resto del país también tiene un tope

Transformador eléctrico con indicador de carga cercana al límite en Yucatán, evidencia del cuello de botella energético.

Cuando el gas no alcanza, la salida lógica sería importar electricidad del resto del Sistema Interconectado Nacional. Pero esa puerta también es angosta: el corredor entre el GCR PEN y el GCR ORI opera, según el mismo informe de NREL, con saturación prácticamente todos los meses del año. Entre abril y julio de 2018, esa saturación promedió 150 horas al mes; en el mismo periodo de 2019 subió 65%, hasta 248 horas mensuales. Tras ajustes operativos de CENACE en agosto de 2019, la saturación en agosto-septiembre de ese año bajó a 88 horas, frente a 366 horas en los mismos dos meses de 2018. Son cifras de hace varios años, pero ilustran un mecanismo que no ha cambiado: el cuello de botella es estructural, no coyuntural.

Quintana Roo es el caso más expuesto: según NREL, ese estado depende de Yucatán para más del 70% de su capacidad eléctrica, porque no tiene acceso propio a fuentes de gas natural. Si el corredor peninsular se satura, el efecto se siente primero ahí.

Lo que un data center realmente reserva en Yucatán

Aquí es donde el mecanismo choca con la ambición digital de la región. Mérida se promociona como plaza emergente para centros de datos, pero conectar un centro de datos a la red peninsular no es "sumarse a más generación": es reservar una fracción de un tubo con capacidad fija, en una región donde la CFE ya destina prácticamente toda la capacidad disponible de Mayakan a sus propias plantas. La CFE puso en operación en mayo de 2026 la central de ciclo combinado Mérida IV, con una capacidad neta de 499 MW, tras retrasos que movieron su arranque de noviembre de 2024 a mayo de 2026. Sigue en construcción la planta hermana Riviera Maya, en Valladolid, con 1,020 MW proyectados, cuya fecha de entrega más reciente apunta a agosto de 2027.

Ambas plantas necesitan gas de Mayakan para operar a plena carga. Es decir: la misma ampliación que promete resolver el déficit de la región es, simultáneamente, la que ya tiene comprometida su capacidad adicional antes de que cualquier centro de datos pida una sola conexión.

Duplicar el ducto no borra el cuello: lo reubica

La ampliación de Mayakan a 567 MMcf/d y las nuevas plantas de ciclo combinado no eliminan la dependencia de un punto único: la trasladan a una fecha posterior y a una capacidad mayor, pero siguen dejando a la Península entera colgada de un solo ducto y un solo corredor de transmisión. Es un mecanismo distinto al que enfrenta Guadalajara, donde el problema es que la generación no alcanza el ritmo de la demanda, o al del Estado de México, donde lo que traba el paso es la fila de estudios de interconexión. En Yucatán no falta demanda ni fila: falta redundancia.

La pregunta que queda abierta no es si Yucatán tendrá más energía —la va a tener, en 2027, si el calendario se sostiene esta vez—. La pregunta es si un subsistema que depende de un solo ducto y un solo corredor puede sostener, al mismo tiempo, refinerías de datos, dos plantas de ciclo combinado y el crecimiento normal de tres estados. Y si la respuesta es no, entonces la soberanía digital peninsular se decide menos en un discurso de infraestructura tecnológica y más en una mesa de CENACE y en un contrato de gas firmado en otro estado.

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